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martes, 9 de noviembre de 2010

De El Retorno de los Tigres de la Malasia y de su autor (Segunda Parte)

Les sigo contando de aquella vez que Taibo me regaló su libro autografiado:

Pues bien, el hombre se sentó en el pequeño sofá que habían puesto en el estrado y sacó un cigarrillo más. Estaba a punto de encenderlo cuando la chica organizadora lo detuvo, diciéndole que estaba sentado justo debajo de un detector de humo y que no era muy buena idea fumar ahí. Taibo se la quedó mirando con una ceja levantada y el cigarrillo colgándole de la boca, murmuró un “sí, me imagino” y, valiéndole madres, se puso a fumar.

Comenzó a hablar de su libro. Cuando le preguntaron por qué había escrito una novela de aventuras ambientada en Europa y Asia, dijo que porque estaba hasta la madre de este país de mierda, corrupto, sanguinario y aburrido, y que había sentido la profunda necesidad de escribir una historia en la que los buenos ganaran, para variar. Recordó con moderada nostalgia los momentos de su niñez que pasaba jugando a ser Sandokán, y los consecuentes madrazos que se dio al usar un palo de escoba como espada. Luego hizo hincapié en lo divertido que había sido escribir una historia de aventuras después de pasar varios años dándole al género negro. “Pero no me he olvidado de éste”, dijo. “Próximamente saldrá una edición con todas las historias de Beloascarán Shayne, y va a estar bien barata.”

Cuando nos preguntó si ya habíamos leído El retorno de los Tigres de la Malasia, nos quedamos callados. La mayoría no sabía quién era el gordito que estaba dando la conferencia, y el resto ni había hojeado el libro. El escritor puso la mundialmente reconocida cara de “cabrones…” y nos dijo: “No hay problema, aquí traigo varios para regalárselos.” Entonces, la organizadora y otro tipo entraron a la sala con una caja llena de ejemplares y comenzaron a repartirlos entre los asistentes, acción que me hizo muy feliz, porque el libro está bastante caro, como doscientos cincuenta pesos o algo así. Al terminar la repartición, aplaudimos. Yo estaba a punto de irme cuando escuché que la encargada dijo que, aquellos que quisieran, podían pasar con Taibo para que les firmara el libro.

Yo fui en chinga loca.

Cuando llegó mi turno, lo saludé y le agradecí por todas esas horas de felicidad que me habían dado sus libros. Sonrió y me preguntó mi nombre.

—Dieter.

—O.K. Víctor —dice y empieza a firmar.

—¡NO! Me llamo Dieter.

—¿Piter?

—No: DIETER.

—¿…?

Y entonces, saqué el gafete que me habían dado en la entrada y se lo mostré.

—Aaaaah: Dieter.

—Ajá.

—Qué desmadre —expresa y tacha el Víctor que había empezado a escribir. Abajo, pone mi nombre correctamente. —Bueno, hasta luego y gracias por tu asistencia, Dieter.

—Gracias a usted.

Y que me voy algo frustrado.

Me gustaría decir que la historia termina ahí, pero no; resulta que al día siguiente el libro se me cayó en un charco de lodo y se me jodió bastante. No mamen, no hay derecho.

viernes, 13 de agosto de 2010

Volviendo al trabajo de verdad

Ya me harté de tanto trabajo inútul. Me refiero a ése que me obliga a pararme bien temprano cada día para ir a trabajar como burro en una librería para recibir un sueldo-base de mierda y unas migajas de comisión (unas migajas que no te darán si no vendiste cierta cantidad de dinero en libros, cantidad absurdamente elevada, por cierto). Por eso, mi mente circunda seriamente la idea de abandonar esa chambilla y regresar al oficio para el que nací: la escritura.
No estaría de más regresar a esas tardes de soledad en que pasaba horas y horas leyendo algún libro cuidadosamente escogido por estos tristes ojos míos que no han hecho más que beneficiarme con su buen gusto. O también resultaría excelente escribir algunas cosillas en una libreta; ideas o versos que se me caen de la mente como se me caen las monedas de los bolsillos agujereados. Si algo bueno sale de eso, seguramente lo verán aquí en el blog.
Sé que no me extrañan y que ni se acuerdan de mí, pero yo los recuerdo frecuentemente y echo de menos sus escasos comentarios. Bueno, me despido un rato, que ya es bien noche y tengo sueño. Saludos a todos. Besos a todas.

miércoles, 10 de febrero de 2010

Primera parte del relato a cuatro manos escrito por Arturo de los Santos y Dieter Quintero


La primera parte del relato fue escrita por Dieter Quintero. Hela aquí:



ARCHIVO DE AUDIO NÚMERO 117 DEL DIARIO DEL DOCTOR ERNESTO DARÍO


8 de febrero, 2010, 12:00 a.m.


Tengo la sospecha de que me engaña.
No es una sospecha surgida hoy, sino que fue plantada dentro de mi cabeza hace un par de meses, y se ha ido gestando con el tiempo, al igual que una enfermedad silenciosa.
Pero ésta enfermedad ya comenzó a hacer ruido.
Al principio, cuando brotaron las primeras dudas, no quise darles crédito. Me pareció imposible que la mujer que ha sido mi novia por más de seis años haya decidido engañarme con otro hombre. Pero, con el paso del tiempo, ella manifestó ciertos indicadores que lograron que yo contemplara la infidelidad como toda una posibilidad… y temo mucho que se convierta en una realidad. ¿Que cuáles fueron estos indicadores? Bueno, me evade mucho, evita tomar llamadas en su celular cuando yo estoy cerca, inventa historias para justificar lo que hace en los días que no nos vemos y no permite que me acerque a su trabajo sin avisarle.
¿Necesito detallar más los fundamentos de mis dudas? Claro que no.
¿Acaso creyó que no me daría cuenta? ¿Yo? Entre todos los hombres, ¿yo? Por supuesto, habría podido engañar a cualquier otro sujeto; ya saben, uno con un coeficiente intelectual menor a ciento ochenta. Debo admitir que los esfuerzos que ha hecho para ocultarme su felonía no fueron del todo malos, al contrario; me sorprende mucho que lograran engañarme durante tanto tiempo. Sin embargo, una vez despertada mi desconfianza, no tuvo manera de ocultarme los signos que solamente yo soy capaz de percibir: el orden tan curioso en que acomoda las palabras cada vez que dice una mentira, los círculos que trazan sus ojos cuando se siente acorralada, la manera en que se truena sus dedos al inventar una excusa, entre otras. Sólo hay un detalle que me perturba, un elemento que me hace pensar que existe la remota posibilidad de que me equivoque, y que, por ende, ella no tenga ninguna relación sentimental/sexual con otro hombre, y es que no he podido detectar ningún remordimiento en sus acciones. En realidad, esa posibilidad, en vez de relajarme, me preocupa más, porque, si no hay remordimiento en ella, solamente existen dos opciones: o no ha hecho nada malo, o… no le importa hacerlo.
¿Y qué tal si no le importa hacerlo? Podría significar que dejó de amarme, o que me ha engañado por tanto tiempo que ya no se siente culpable. Podría ir más allá: la falta de remordimiento es un factor común en ciertas enfermedades de la mente. ¿Qué tal si…? ¡No! No, puedo aventurarme a hacer suposiciones; no pienso caer tan bajo. ¡Soy un científico, y necesito hechos! ¿Cómo dijeron en esa película? Ah, sí: “¡Hechos! Es lo único que importa. Sin ellos, la detección no es más que un juego de adivinanzas.”
Y yo no pienso adivinar, así que lo mejor será ir a recoger información.
Como mis investigaciones en la universidad han terminado y no tengo ningún motivo de distracción, esta noche pienso ir al bar en que trabaja Liliana para… observarla. Tal vez algunos pensarían que “espiarla” es un verbo más adecuado a la situación, pero no es así; cabe señalar que mis intenciones se acercan más a una comprobación científica que a un acto motivado por los celos. En fin, cuando llegue a su trabajo, permaneceré oculto entre las sombras, como esos personajes de las películas que tanto gustan a la gente, a pesar de sus distanciamientos con la realidad. Esperaré a que sea la hora de su salida, para saber si ha quedado de verse con alguien, lo cual es bastante probable, tomando en cuenta la forma en que evita que me acerque a ese lugar. En caso de que mis suposiciones sean correctas, y presencie la llegada de un tercer involucrado que dé muestras de compartir con ella algo más que una amistad, procederé a imaginar una manera de terminar con nuestra relación.
Eso es todo. Ése es todo el plan.
Se hace tarde; será mejor irme de una vez.


ARCHIVO DE AUDIO NÚMERO 118 DEL DIARIO DEL DOCTOR ERNESTO DARÍO


9 de febrero, 2010, 2:35 a.m.


No es muy común que yo lo diga, pero estoy confundido.
Resulta que seguí el plan al pie de la letra. Llegué al bar media hora antes de la hora de salida de los empleados, para buscar un lugar donde pudiera observar a Liliana. Encontré el punto perfecto en la esquina de una casa abandonada, desprovista del servicio de luz; como dije que lo haría, me oculté entre las sombras y me dispuse a esperar. Exactamente a la una de la madrugada, Liliana salió por la puerta trasera del establecimiento e hizo una llamada con su celular. Dos minutos después, un auto tripulado por un hombre hizo su aparición, se detuvo al final del callejón y abrió la puerta del copiloto para invitarla a subir.
Ella, por supuesto, aceptó.
Yo estaba muy lejos como para observar el rostro de Liliana o el del otro sujeto, así que no pude leer en sus rostros las emociones que experimentaban. Unos segundos después, se fueron. Debí acercarme más. Técnicamente, estoy igual que ayer: la única información que poseo es que hoy alguien pasó a recogerla cuando salió de su trabajo. Pero, hasta donde yo sé, podría tratarse de algún compañero, amigo o familiar que le hace el favor de llevarla a casa cuando los transportes públicos han dejado de funcionar. En otras palabras, me desvelé en balde, y debido a mi ineficaz esfuerzo, tendré que hacerlo de nuevo mañana para cerciorarme… y yo odio las pérdidas de tiempo.
Malditas sean las mujeres y sus secretos.
Iré a dormir; ya es bastante tarde y el sueño no me permite pensar adecuadamente.



ARCHIVO DE AUDIO NÚMERO 119 DEL DIARIO DEL DOCTOR ERNESTO DARÍO


10 de febrero, 2010, 2:45 a.m.


Me engaña.
Nunca pensé que tener la razón pudiera hacerme sentir tan mal.
Fui de nuevo al bar a la hora en que salen los empleados, y seguí exactamente el mismo procedimiento de la noche anterior, sólo que esta vez tuve la precaución de llevar unos pequeños binoculares para no perderme ningún detalle de lo que ocurriera entre mi novia y el conductor del auto azul.
El resto de la historia ocurrió casi igual que ayer: Liliana sale del bar y hace una llamada telefónica, un auto azul aparece al final del callejón, la puerta del copiloto se abre, ella sube… En definitiva, esta noche habría sido una réplica de la pasada de no ser por un pequeño detalle: el apasionado beso entre el piloto y el copiloto del vehículo azul. Ahora que lo pienso bien, tal vez ese detalle no represente una verdadera diferencia entre lo que pasó ayer y lo que pasó hoy; recordemos que anoche no contaba con unos binoculares y pude haberlo pasado por alto. Apenas sus labios se separaron, el auto arrancó y se perdió de mi vista.
Me engaña. Liliana me engaña.
Pero, ¿por qué? ¡Soy un genio, maldición! Si ella me lo hubiera pedido, yo habría ideado alguna manera para obtener recursos monetarios ilimitados, con la única intención de cumplirle todos sus deseos. ¿No se da cuenta de que, al engañarme, pierde más de lo que gana? Además, ¿qué puede tener el otro que no tenga yo? ¿Dinero? Poco probable: alguien con dinero no usaría una Caribe para pasear a su conquista. ¿Atractivo físico? No lo creo: lo vi con mis propios ojos, a través de unas lentes de aumento, y aún así no pude encontrar algún aspecto corporal en que me superara. Obviamente, la posibilidad de que sea más listo que yo queda descartada, por ridícula. Bueno, si no fue por nada de eso, ¿entonces por qué fue? Planteando la pregunta de otra manera: ¿qué obtiene de él que no puede obtener de mí? No me lo imagino; soy un novio formidable: interrumpo mis investigaciones para dedicarle una hora entera diariamente, y luego, hablo con ella por teléfono otra media hora aproximadamente, antes de dormir; le envió mensajes a su celular con bastante frecuencia; la invito a cenar o a compartir conmigo actividades recreativas al menos una vez por semana; le mando flores cada mes, justo en el día que nos hicimos novios; y, por si fuera poco, tengo la consideración de rebajarme a su nivel intelectual cada vez que intercambiamos ideas por cualquier medio. ¿Qué más puede pedir una mujer? ¡Nada! ¡Absolutamente nada! Entonces, ¿por qué Liliana me engaña con un varón inferior a mí en todos los aspectos? No lo comprendo.
Y detesto no comprender las cosas.
Debo saberlo. Aunque me tome una semana, un mes o el año entero, debo averiguar en qué me supera ese hombre… por qué ella lo ha preferido a él. Estoy seguro de que puedo hacerlo; si algo he aprendido a lo largo de mi distinguida existencia, es que, si no puedo resolver un problema, es porque hay información que permanece oculta a mis sentidos.
Me pregunto qué factor no estoy contemplando esta vez.
Lo que sea, lo averiguaré mañana; los ojos se me están cerrando a causa del sueño.


ARCHIVO DE AUDIO NÚMERO 120 DEL DIARIO DEL DOCTOR ERNESTO DARÍO


11 de febrero, 4:05 a.m.


Acabo de volver del bar y yo… Lo que pasó ahí… ¡Fue terrible! No puedo creer que… ¡Oh, Dios mío, no! ¡No, no, no, no…! ¡Liliana, no! No puedo… no puedo respirar bien. La cabeza me da vueltas, y… creo que voy a vomitar. Necesito un trago. ¡Sí! Necesito un trago y aire… aire fresco.
No puedo hablar ahora.
No puedo…
Madre, perdóname.
¡Perdóname!


ARCHIVO DE AUDIO NÚMERO 121 DEL DIARIO DEL DOCTOR ERNESTO DARÍO


11 de febrero, 7:17 a.m.

Tuve que tomar un tranquilizante.
Ya estoy mejor. Estoy mejor, pero... no puedo dormir. Creo que nunca más podré hacerlo, al menos, no con la conciencia tranquila.
Me siento tan sucio que… No. No importa.
No importa.
Grabo estas palabras para dejar constancia del atroz hecho ocurrido hace aproximadamente seis horas, afuera del bar llamado “El Pub.” Era la una de la madrugada cuando llegué al lugar que me servía como escondite para vigilar a Liliana. Por un momento, temí haber llegado demasiado tarde y que ella se había ido, pues, a veces, cuando termina sus deberes antes de la hora de salida, su jefe la deja salir temprano. Como tampoco pude encontrar rastros de la Caribe azul, mis vacilaciones se intensificaron. Desgraciadamente, aún estaba a tiempo de verla porque, a los veinte minutos, salió por la puerta del establecimiento que da al callejón e hizo su habitual llamada telefónica. La vi esperar más tiempo del acostumbrado pero, quince minutos después, un hombre moreno, fornido y de mediana estatura, apareció caminando por la calle.
Rápidamente lo identifiqué como el chofer del auto azul.
Al principio, me extrañé de verlo llegar a pie, pero no presté demasiada atención a ese detalle; lo que me importaba era que había aparecido, y que eso a ella parecía alegrarla. Cuando lo vio, se lanzó a sus brazos y le plantó en la boca un beso cargado de pasión. Aquello me molestó más de lo que creí; pude sentir cómo mi pulso se aceleró y mi cara empezó a sonrojarse… supongo que eso es a lo que los escritores llaman “bullir la sangre.” Da igual; eso fue solamente el principio de mi auto-impuesta tortura.
Cuando terminaron de besarse, entrelazaron sus manos y caminaron lentamente hacia la avenida. De repente, él se detuvo. Liliana lo miró interrogativamente, pero con una sonrisa que yo ya había visto antes. La sonrisa que pone cuando pretende erotizarse.
—¿Qué pasa? —preguntó ella. No la escuché, pero sé que dijo eso porque la tenía de frente y pude leer sus labios con ayuda de los binoculares.
Como él estaba de espaldas, no pude saber qué le contestó… aunque no fue necesario averiguarlo porque, en ese instante, la atrajo para sí y procedió a pasarle las manos por todo el cuerpo. Ella no pareció molestarse con ese acto tan… salvaje, al contrario; decidió que lo mejor sería satisfacer sus propias necesidades carnales, correspondiendo las caricias.
Nunca antes había experimentado la ira, pero en ese momento, yo…
Entonces, Liliana lo detuvo. Dijo:
—Aquí no. Nos van a ver —y lo jaló hacia la esquina contraría del bar, una vieja tienda de abarrotes que coronaba una calle obscura y solitaria.
Y luego, su arrebato pasional no hizo más que aumentar. Ella le frotó la entrepierna por encima del pantalón, mientras que él se ocupaba en buscarle algo por debajo de la falda.
Fueron cinco minutos muy dolorosos para mí. Nunca pensé que sería capaz de sentir esa clase de dolor, y sin embargo, lo sentí. Mis manos sudaban, mi respiración se aceleró casi al doble y mis dientes comenzaron a castañear… pero nada de eso se comparaba con el vació que se me formó en el estómago. ¿Qué diablos fue eso? ¿Celos, acaso? ¿Es eso lo que las personas comunes y corrientes tienen que soportar cada vez que sufren una mala experiencia? ¿Eso es lo que ocurre cuando permiten que los sentimientos emerjan? ¿Cómo pueden vivir así? ¿De dónde sacan los ímpetus para despertar cada día y salir a la calle, si saben que existe la posibilidad de padecer tantas aflicciones? ¿Acaso los he menospreciado a todos y son más fuertes de lo que pensé?
¡Un momento! Me estoy desviando del tema principal. Seguramente, mi mente repele el recuerdo debido al tremendo shock que representa para ella.
¿En qué iba? Oh, sí… Ya recuerdo.
¡Oh, Dios… qué terrible es recordar!
Estaba muy obscuro. No había nadie cerca. Ningún ruido podía escucharse.
Yo mismo tardé mucho en darme cuenta que la estaba ahorcando.
Toda mi vida he pensado que solamente hay algo peor que cometer asesinato, y eso es no impedir uno si se tiene la oportunidad de hacerlo. Yo no lo impedí. No hice nada. Me quedé ahí, de pie, con los binoculares frente a mis ojos, tiritando de regocijo. ¡De regocijo! ¡Estaban matando a alguien frente a mis ojos y yo no lo impedí porque la víctima era la mujer que me había traicionado! Eso fue completamente inhumano…
No, peor aún: eso fue completamente humano.
¿De qué sirve el intelecto si los paroxismos siempre van a estar ahí para mermarlo? ¿La idea de un mundo civilizado y en paz es solamente una quimera inventada por soñadores ingenuos? ¿No podremos negar nunca nuestra irracional naturaleza? Yo mismo creí haber superado los impedimentos emocionales a los que estamos condenados los hombres, pero, si eso era cierto… ¿cómo pude permitir que tal atrocidad te pasara?
¡Oh, Liliana, perdóname…! Tu cadáver quedó abandonado en el piso junto a la basura, y tu asesino escapó impunemente porque yo no tuve la decencia de actuar correctamente. Me habría gustado decir que el miedo fue el culpable de mi inacción, pero la verdad es que en ese momento deseaba verte muerta por haberme humillado.
Lamentablemente, algunos deseos se cumplen.
Lo siento, mi… Oh, lo siento…
(Prolongado silencio en la grabación)
Y no puedo hacer nada. Ya es muy tarde.
(Silencio)
A menos que…
Sí.
¡Eso es!
Si cualquier otro se planteara la misma posibilidad, sonaría ridículo, pero yo… yo puedo hacerlo.
Y lo haré: encontraré a tu asesino.
Considerando la diferencia de intelectos que debe haber entre él y yo, no representará un problema mayor. Lo haré pagar por lo que te ha hecho. No sé, cómo lo voy a hacer, pero lo haré. Te lo debo: si permití que mis emociones me impidieran auxiliarte en el momento en que me necesitabas, entonces pondré a mi juicio a buscar la manera de enmendar mi error.
Ay, Liliana… ¿por qué te mataron?
Perdóname…
No se hable más: es hora de trabajar.


Fin de la primera parte. La segunda parte será publicada en una semana a partir de hoy, y será escrita por Arturo de los Santos. Pregunten su voceador de confianza, amiguitos.

martes, 2 de febrero de 2010

Del oficio de ser escritor


Desde el principio, mi vida como escritor ha sido bastante extraña. Basta con decir que yo aprendí a escribir desde el kínder. Imagínenme a mí, de cuatro o cinco años, preguntándole a mi madre como sonaban las letras cuando se juntaban, y después de eso, pasándolas al papel con una dificultad impresionante. Recuerdo que lo primero que escribí fue una carta de “amor” para una compañerita de la clase. Ya ni siquiera me acuerdo del nombre de la niña; lo único que recuerdo es que, cuando se la di, tuvo que pedirle a alguien que se la leyera, y después de enterarse de lo que decía, la hizo pedazos frente a mi cara, soltando un montón de palabrotas que estoy seguro que no entendía.
Así empezó mi carrera de escritor.
Durante la primaria y la secundaria, devoré un chingo de revistas que me llenaron la mente de ideas e imágenes, sin embargo, la pereza y el valemadrismo que vienen en paquete con la adolescencia, impidieron que me animara a escribir algo, cualquier cosa. De hecho, recuerdo que, sumido en la ignorancia de esa etapa tan terrible, comenté que eso de escribir y de leer libros estaba de güeva, y que prefería mil veces pasar horas y horas jugando videojuegos.
En la madre…
Fue en la preparatoria cuando tuve mi epifanía artística. Todo fue culpa de la profesora de Literatura de quinto año, la maestra Gloria, una adorable mujer que todavía me hace suspirar cuando voy a visitarla. Resulta que tuve un crush con ella. Ya se imaginarán que yo era el primero que llegaba a su clase, el que siempre levantaba la mano, el que siempre quería ayudarla a cargar los libros y el que siempre entregaba los mejores reportes de lectura. Hice todo eso con tal de impresionarla, pero, por supuesto, nunca funcionó. Lo único bueno que saqué de todos mis esfuerzos, fue un curioso amor por las letras. Aún después de que se me pasara el enamoramiento con mi profesora, yo seguí leyendo libros muy buenos y escribiendo babosadas. Poco a poco me hice de cierta habilidad para escribir, y mi pluma, en vez de vomitar tonterías, comenzó a proferir sensateces. Cuando me hice notar un poco entre los profesores, uno de ellos, el de teatro, me acogió como su discípulo, y me enseñó a escribir bien, que es una cuestión muy diferente a escribir correctamente. Al terminar la preparatoria, ese profesor me dijo que yo poseo un talento que merecer ser explotado, y que, si no dejaba de escribir, seguramente me convertiría en un eminente hombre de letras.
Sí, cómo no…
En la universidad, las cosas fueron un tanto diferentes. El primer problema que encontré en la máxima casa de estudios fue que todos ahí habían leído un chingo más que yo… o al menos eso aparentaban. Estar rodeado de gente tan atiborrada de conocimiento me hizo sentir insignificante, como un triciclo en una exhibición de motocross. Gracias a los dioses, me di cuenta de que tanta sapiencia era solamente una fachada que mis compañeros adoptaban porque, en el fondo, se sentía exactamente igual que yo. ¿Y cómo no?: la Universidad es algo apabullante. Afortunadamente, descubrí que con esfuerzo, dedicación y un poco de alcohol, logras acostumbrarte a ella.
Una vez que ya estuve adaptado a mi nueva vida académica, me propuse conocer más a los universitarios. Ahora bien, todo mundo sabe que, la manera más sencilla de conocer a una persona, es convivir con ella. Hay que observar su manera de actuar y escuchar sus palabras, porque, según nos han dicho, ésas son las claves del entendimiento y de la confianza, ¿no es cierto?
Falso: las personas pueden disimular y decir mentiras, así que vale pura madre si te pasas todo el día pegado a ellas para conocerlas; lo más seguro es que no lo logres. También es importante recordar que actúan de manera diferente, dependiendo de con quién se encuentren. La única y verdadera forma de descifrar a alguien es leyendo algo que haya escrito. ¿Qué puede haber más intimo que tus pensamientos? ¿Qué puede ser más revelador que la manera en que los pusiste en papel? Nada; créanme: absolutamente nada. Alentado por estos cuestionamientos, encontré la forma de leer los escritos de mis compañeros, y para mi alivio, me di cuenta que eran todos iguales, llenos de ideas poco claras, frases mal construidas y, para colmo, carecían de originalidad.
Y ésa es la tragedia más pavorosa que puede pasarle a un escritor que tiene la intención de convertirse en profesional: la falta de originalidad.
Si nos ponemos a pensar detenidamente, los trabajos de los escritores principiantes están repletos de las ideas que les inculcaron sus profesores y sus ídolos. Piensan como les han enseñado a pensar, y gracias a esta escasez de voluntad intelectual, pueden llegar a juzgar el mundo equivocadamente. Envalentados por el conocimiento que van adquiriendo de los tutores, se ponen a escribir sin saber hacerlo, y llenan páginas y páginas citando a sus escritores favoritos, sin atreverse cuestionar si los razonamientos de éstos son acertados o no. Lo más lamentable de todo es que deambulan por el mundo pregonando esos pensamientos prestados y, a veces, los declaran como propios.
Eso, definitivamente, no está chingón. Después de años de esfuerzo, comprendí que existen cuatro reglas básicas que el escritor no puede pasar por alto:
La primera es ser original. Por eso, al pensar, y al redactar, es mejor recorrer los caminos menos transitados. No importa que tan malo sea tu escrito; si tiene aunque sea una pizca de originalidad, tendrá más oportunidades de sobrevivir que un trabajo maravillosamente compuesto, pero con ideas recicladas.
La segunda regla es, posiblemente, la más importante: el mejor autor es aquél que se dio a entender con mayor claridad. Un amigo me decía que eso no es cierto, que cuando escribes no tienes que pensar en los lectores porque, de cualquier manera, el entendimiento es algo subjetivo. Yo le dije que parara de mamar. ¿Cómo chingados vas a contar una historia si te vale madre si la comprenden o no? Estoy de acuerdo en que toda composición literaria se conforma de una parte filosófica que cada quien interpreta como quiere, pero hay otra que narra las acciones, y justamente en esa no te puedes permitir el lujo de ser malinterpretado; las acciones son el hilo conductor de la trama. Además, siempre es mejor leer algo que puedas captar a la primera pasada.
La tercera regla es hacer todo lo posible por entrar en contacto con las emociones del lector. Los mejores escritos son aquello que, además de hacerte pensar, te hicieron sentir. ¿Que cómo se logra esto? Bueno, les explicaría, pero esa es información que no se suelta gratuitamente.
La cuarta regla es no aburrir al lector. Punto.
El resto de los deberes de un buen escritor se van adquiriendo durante ese aburridísimo periodo en que la mente va madurando… es decir, toda la maldita vida. Lo único que nos queda a los jóvenes escritores es no desesperarnos, y escribir como idiotas para obtener un mejor dominio de la prosa. Luego, podremos empezar a pensar en concebir ingeniosas historias que permanezcan para siempre en la memoria de la gente… o algo así.
Siendo sinceros, esto de ser escritor está muy cabrón—la verdad, no puedo imaginar un oficio más difícil y desgastante. Sin embargo, cada vez que mis dedos golpean las teclas, y una nueva palabra se forma en la pantalla de la computadora, siento que estoy aprovechando mi tiempo. Tal vez algunos escriban para exorcizar sus demonios o mamadas así, pero yo simplemente lo hago por esa gastada necesidad de comunicarnos que todos tenemos, y que, por más que combatimos, no podemos vencer, mucho menos en tiempos del internet. Sé que habrá un largo espacio de tiempo en que lo que escriba no será más que material desechable, pero llegará el momento en que escribiré algo bien chingón, y ese día podré decir que tanto desmadre ha valido la pena. Por mientras, puedo conformarme sabiendo que maestros y doctores han acudido a mí para preguntarme si lo que escribieron estaba bien. Y yo siempre les respondo lo mismo:
—Ojalá supiera… Ojalá supiera…

viernes, 1 de enero de 2010

16 propósitos de Dieter para el año 2010


Mis propósitos de año nuevo son:

1) Bajar de peso.
2) Terminar de escribir mi libro.
3) Decirles a mis amigos lo mucho que me importan y prometerles que nunca voy a abandonarlos.
4) Reemplazar a todos mis amigos.
5) Viajar a la tierra de Oz para pedirle un corazón al Mago.
6) Colmar los suburbios de asesinatos y violaciones.
7) Inculpar a alguien de un crimen que no ha cometido.
8) Inventar algo que nadie necesite y todos quieran comprar.
9) Iniciar una epidemia mortal.
10) Convertir mi epidemia en una pandemia.
11) Volver mala a una persona buena.
12) Volver loca a una persona cuerda, de preferencia que sea una diferente a la que volví mala.
13) Comprar un esclavo.
14) Destruir Francia.
15) Iniciar una Guerra Mundial y no participar en ella.
16) Conquistar el mundo.

Será un año genial.

Feliz 2010, zoquetes. Los amo.

martes, 13 de octubre de 2009

Disculpas


Bueno, bueno, bueno; ya sé que están ansiosos de mentarme la madre por no haber escrito una entrada en mucho tiempo, pero les aseguro que tengo una maravillosa razón para no haberlo hecho: estoy escribiendo mi primera novela.
Por razones de seguridad y para no echarles a perder la sorpresa que traerá consigo mi modesta novelita, no puedo decirles de qué trata ni nada de eso. Solamente puedo advertirles que estará chingona y bien hecha. Ya saben; después de todo, traerá mi sello de calidad.
Me despido por ahora, pero les aseguro que pondré más atención al blog mientras escribo mi obra.
Saludos a los chicos y besos a las chicas.

sábado, 12 de septiembre de 2009

De las cosas cagadas que ocurren en la vida


Estábamos Cuauhtémoc y yo en el examen profesional de una amiga, esperando a que los sinodales deliberaran si aprobaba o no. En ese momento, vimos a una hermosa chica entre los asistentes , una que nos gusta a mucho porque en verdad es una mujer muy hermosa. Lo mejor es que tiene una hermana gemela que no desmerece en belleza frente a la otra. Le dije a Temo:
—No mames, Cuauhtémoc, mira: ahí está la chaparrita esa que nos gusta.
Entonces, él volteó a ver y dijo:
—Ah, sí... Y mira, ahí está su hermana gemela.
—Ay, no mames; es cierto. ¡Qué chido!
En ese momento, los sinodales proclamaron que nuestra amiga había aprobado el examen y con honores.
Todo mundo se puso a gritar de felicidad.
Mi amigo y yo seguíamos en nuestros propios pedos. Dijo Cuauhtémoc acerca de las gemelas:
—¿Te imaginas estar en la cama con las dos?
Entonces los dos nos ponemos rojitos y dibujamos unas grandes sonrisas en nuestros rostros, provocadas por los pensamientos cochinos que se dibujaron en nuestras mentes.
—¡Qué chido! —dijimos al unísono en voz alta.
Entonces, una señora frente a nosotros se levanta y nos dice dice:
—¡Ay, sí! ¡Qué emoción, verdad? —refiríendose a la titulción de nuestra amiga.
—¡Sí..., qué emoción! —secundamos nostros, con las cabezas llenas de pensamientos sucios.
No nos dimos cuenta de la confusión hasta que las gemelas se fueron, y dejaron nuestra líbido en paz.
Cagado.

viernes, 4 de septiembre de 2009

De lo que es no tener qué hacer

Estábamos Chava, Cuahtémoc y yo hablan de viejas y de puras pendejadas, cuando de repente, el Temo (o sea, Cuahtémoc) nos preguntó si nuestro amiguito tenía nombre.
—¿Cuál amiguito?
—Su amiguito. Ya saben, el cíclope chiquito.
—¿Uh?
—El del sweater de cuello de tortuga y el casquito.
—¿Uh?
—¡Que si su pene tiene nombre, par de pendejos!
—¡Aaaaaah!
Chava y yo nos quedamos viendo con cara de "¿qué pedo con esté güey?," pero luego nos entró la curiosidad que siempre trae consigo un día aburrido.
—No, ¿por qué? ¿El tuyo sí?
—Sí.
—¡No mames! ¿Cómo se llama?
—Moisés
—¿Por qué?
—Porque abre el mar y libera a mi pueblo.
—¡Duh!
Aquí hubo un silencio.
Entonces, yo:
—Pues que el mío sea Lalo —dije.
—¿Lalo?
—¡Lalonganiza!
Risas.
Luego, Chava:
—Que el mío sea Lázaro.
—¿Porque le dices "levántate y anda"?
—Simón.
Más risas.
Pero luego ya no pudimos seguir hablando de eso porque llegó una chica. Sólo entonces, nos sentimos sucios de haber hablado semejantes pendejadas.
Chale, lo que es no tener qué hacer.

domingo, 30 de agosto de 2009

De los días raros


El otro día fue uno muy raro: un chico gay me acosó, una chica loca andaba pregonando que soy su novio (lo cual no es cierto); el sombrero que había perdido hace como un año apareció mágicamente en mi cuarto; una hermosa mujer que nunca me hizo caso me lanzó unos ojitos y una sonrisita; y también, escuché a un gato pronunciar mi nombre. Lo raro es que no se trataba de mi gato, quien lo hace constantemente.
Como dije, un día raro.
El colmo fue cuando fui al baño de la facultad y vi a una chica en uno de los privados. Ah, chingá..., pensé, pero me pareció lógico porque a la hora que fui, los baños de las chicas están siempre cerrados. Entonces, una amiga mía entró al baño. Ah, chingá, chingá, chingá, pensé, y me salí para verificar que ese era el baño de los hombre. En efecto, así era. Las dos chicas, la del privado y mi amiga, salieron todas sonrientes y me saludaron. Todo eso me quitó las ganas de hacer lo mío, así que me lavé las manos y me salí de ahí.
Después, en la noche, mi amigo Cuahtémoc y yo fuimos a comer unos tacos de birria por Barranca del Muerto. Me pidio que después de eso lo acompañara al Sanborn's que está por ahí para comprarse una pipa y algo de tabaco. Fuimos y entonces recordé que yo tenía algo que hacer en el baño.
—Ahorita vengo, voy al baño.
—Cámara. Te espero. Voy a estar viendo las pipas.
—Simón.
Pues fui al baño y me metí al privado para concentrarme. Justo estaba yo logrando mi cometido cuando veo unas zapatillas blancas por la abertura del sanitario de al lado. Ah, chingá, volví a pensar. Entonces, vi otro par de pies, estos cubiertos con unos tenis. Ah, chingá, chingá, chingá, chingá, chingá... Y entonces, que las paredes se empiezan a mover al ritmo de una sinfonía de gemidos.
Pues me volvieron a quitar la inspiración. Me subí los pantalones y me fui.
Fui con mi cuate el Temo.
—¿Ya? —me preguntó.
—Ya.
—O.K. Ya nada más déjame decidir cuál pipa me compro.
—Cámara. Nomás no te tardes, porque quiero ir al baño.
—¿Uh? ¿No acabas de ir?
Y que le cuento y fue él quien tuvo que ir al baño, pero de tanta risa.

domingo, 16 de agosto de 2009

De los reproches que me han llegado por no publicar

Ya van varias personas que me preguntan por qué diablos no publico más seguido en mi blog. Yo, obviamente, les he respondido que es porque no tengo tiempo. Pero, la verdad, eso es una mamada; ¿quién no tiene cinco pinches minutos para escribir alguna mamada en su blog, cualquier cosa?
Ciertamente, yo no soy de esos.
Siendo sinceros, es que a veces me da mucha güeva publicar cosas que tal vez nadie va leer, y más güeva me da cuando me pongo a pensar que resulta poco probable que alguien me deje algún comentario. Más de tres veces publiqué entradas que me parecieron chingonas, y nomás nadie me dejó ninguna palabra, ni siquiera para mentarme la madre. Cada vez que eso ocurre, me frustro mucho.
Pero luego me pongo a pensar que sentirse así por eso es también una mamada.
Es por eso que he decidido, por terecera vez en lo que va del año, publicar más seguido (la gente se levanta y me ovaciona) por el simple hecho de satisfacer a mi maravilloso público que me ama y me adora. (Aquí una hermosa chica me lanza su tanga). Y, por supuesto, yo también los adoro a ustedes. (Toda la primera fila del auditorio se desmaya).
Nos leeremos más seguido, y ¿quién sabe?, tal vez hasta tengan la fortuna de que yo lea sus blogs.
Y si ando de buenas, tal vez hasta les deje un comentario. (Aquí, un ñoño cuaretón y gordo muere por un paro cardíaco, provocado por la emoción que le causó esa posibilidad).
Me despido, gente bonita. Un beso.
(Cae una alfombra de rosas a mis pies).


Gracias por su preferencia. Uno de cada seis directores barbados me recomienda.

sábado, 15 de agosto de 2009

De Bunsen

Ya no me acuerdo cómo fue que me enteré de este cómic publicado por internet, pero el chiste es que lo veo cada día que sale y que me volví bien pinche fan. Trata sobre un par de científicos tarados que... Bueno, que... que no hacen nada, pero se la pasan bien chido molestando a los animalitos que tienen en el laboratorio para hacer sus experimentos. Jorge Pinto es el chingón que hace este cómic, y lo publica lunes, miércoles y viernes en la página http://www.heroeslocales.com/bunsen/

Échenle un ojo, les prometo que no se arrepentirán... Y también les prometo que amarán al Dr. Mono, cuando lo conozcan.

Dr. Mono para presidente.


miércoles, 22 de julio de 2009

Me niego...

... a publicar mientras no me dejen comentarios.

Culeros.

Besos.

Y una patada en las bolas, a quienes las tengan.

miércoles, 4 de febrero de 2009

De los sombreros y otros headwear chingones


Me encantan los sombreros. Desde que entré a la universidad, los utilizo diariamente y los he convertido en una parte muy importante de mi apariencia, al grado que, cuando no llevo uno puesto, mis compañeros y amigos pasan de largo, sin saludarme, porque no logran reconocerme. Recuerdo que, cuando entré a la universidá, fui el primero en llevar uno, y la gente que pasaba por ahí se me quedaba viendo con cara de "¿qué pedo con ese güey?" Poco a poco, y a fuerza de costumbre, dejaron de lanzarme miradas curiosas, y para alimento de mi asombro, poco a poco vi varias de esas divinas prendas resguardando las ideas de algunos colegas estudiantes. En estos días, si pasan por mi facultad, verán un chingo de sombreros, de todo tipo y colores, circundando los pasillos. A mí no me molesta que ya muchos usen sombrero, al contrario; me halaga saber que más de uno haya aceptado la importancia histórica de tan expresiva prenda.
¿Y cuá es esta importancia?
Bueno, si miráramos hacia atrás, y concentráramos nuestra atención en aquellas gloriosas imágenes del pasado, donde la vida cotidiana apenas veía venir lujos como el gas o la luz eléctrica, seguramente encontraríamos un sombrero como uno de los elementos emblemáticos de la época. Sherlock Holmes, El Zorro, The Spirit, Phillip Marlowe, James Bond, Indiana Jones, El Vago de Chaplin y muchos otros personajes que han quedado impresos en el imaginario popular, decidieron ponerse uno alguna vez. Por eso, opino que hay cierta cualidad romántica en los sombreros que no deberíamos dejar morir.
Claro que hay más ataviós para ponerse en la cabeza, como las boinas, las gorras y los gorritos, pero mi corazón se queda con los sombreros, sin duda alguna. Hoy mismo recordé cuál de ellos fue el que me enamoró: el Fedora café que Indiana Jones lleva puesto en todas sus aventuras. Después de ver a Indy partiendo madres con ese magnífico e insuperable Fedora sobre su cabeza, decidí que a güevo tenía que poseer uno igual, partiera yo madres o no.
Hoy en día, mi colección de sombreros es harto reconocida e imitada, pero pocos saben que yo los luzco con cierto dejo de nostalgia y respeto, que muy pocos serían capaces de comprender.

sábado, 27 de diciembre de 2008

Volví

He regresado de mis vacaciones navideñas.
No pasó nada.
Nada.
Lo juro: nada.
Lo más interesante que ví fue una gallina a la que le tienen que ponerle gel para que su penacho la deje ver.
Y ya.
Bueno..., como ocurre cada vez que salgo de la ciudad, lo mejor es el regreso. Ver el D.F. desde lejos, adentro del autobús es... curioso. A más de un kilómetro de distancia y sin anteojos, la ciudad de México parece un lugar bonito, me atrevería a decir que hasta civilizado. Cuando te acercas, el Distrito te muestra su verdadero rostro; gente con cara de pocos amigos, calles sucias, cielo gris, ambiente hostil...
Diablos, ¡es tan hermoso!
Por un momento temí que, en mi ausencia, la ciudad se hubiera vuelto un buen lugar para vivir. Resultó sumamente grato para mí verla tal y como la dejé, tres días atrás. Como todo habitante de esta urbe, tengo una relación de amor/odio, miedo/respeto con ella. Es como la mujer hermosa que tanto adoras, pero sabes que es una culera que nunca te hará caso y no le hablas.
Y sin embargo, no puedes evitar sonreir al verla.
Me bajé del autobús como el Papa: besando el piso. No es que ame TANTO a la ciudad..., es sólo que me di un putazo.
No se preocupen: nadie vio.
Reanudaré el blog mañana. Ahorita nomás no traigo ganas.
Saludos a mis lectores y besos a mis lectoras.

lunes, 22 de diciembre de 2008

De por qué no voy a desearles una feliz Navidad


No me gusta la Navidad.
Me parece tonto que cada año las familias mexicanas, y todas aquellas que creen que Jesucristo nació un 25 de diciembre (aunque la ciencia nos ha dicho que en realidad fue por abril, o algo así) tengan que verse obligadas a convivir. El veinticinco de diciembre es solamente un día más, una página del calendario, otro giro del planeta; ningún día se vuelve especial solamente porque un grupo de personas ha dicho durante años que lo es.
Y sin embargo...
La Navidad es una excusa para descansar, comer y ¿por qué no?, hasta beber. Supongo que, a pesar de todas las horribles características que esa fecha alberga en su seno, hay personas que la pasan bien y disfrutan de la compañía de sus familiares. Ni modo; hay gente loca en este mundo horrible.
Dicho todo eso, no pienso desearle una feliz Navidad a nadie. No me gusta; me parece una hipocresía mundial celebrar algo a pesar de no tener una razón verdadera para celebrar. Que yo sepa, la Navidad no ha hecho de este planeta un lugar mejor.
Mis consejos navideños: no maten a nadie, no roben, no falsifiquen nada, no engañen, no violen, no embaracen a nadie que no sea su pareja formal, no golpeen a su prójimo ni a sus mascotas, en especial a sus mascotas, y lo más importante de todo: no mueran.
Si mueren, se perderán de toda la diversión que traerá consigo el año entrante.
Yo me despido por un rato, pero prometo volver para el 26 o 27 de diciembre con más sorpresas, diversión y esas pendejadas.
Cambio y fuera.
(Diablos, siempre quise escribir eso.)

jueves, 18 de diciembre de 2008

Chunga Strikes Back

Estaba yo todo emocionado, con ganas de presumir mi nueva playera, cuando llegó Chunga a mi casa. Entonces, subo a mi guardarropa, saco mi playera y voy con ella hasta mi amigo.
—Mira, Chunga, mi nueva adquisición. ¿A poco no está pocamadre? —le dije, mientras le mostraba una playera con ésta imagen:

Y Chunga, todo emocionado, me dice:
—Ah, ¡The Doors!
Verídico, damas y caballeros. Sólo en México.

miércoles, 17 de diciembre de 2008

De los amigos que son involuntariamente cagados y otras fortunas de la vida

Estaba yo con mi cuate al que llamamos Chunga, cuando se me ocurrió poner un disco de Janis Joplin. Después de un rato, cuando llegamos a la canción Summertime, le pregunto a Chunga:
—¿Qué pedo, Chunga, sí te está latiendo Janis Joplin?
—Más o menos —me responde él—. Ya le había escuchado algunas cosas, pero nunca me convenció completamente.
—Oh.
Entonces, me quedé callado, porque la respuesta de Chunga me sorprendió; no creí que mi cuate supiera algo de lo que viene siendo el rock, y mucho menos de lo que viene siendo el blues, sobre todo porque a él le gusta el pop romántico barato.
Entonces, rompiendo el silencio que yo aproveché para comenzar a generar un poco de admiración por él, dijo:
—Janis Joplin es negro, ¿no?
Y no me fui de culo nomás porque estaba sentado.
Y aquí, lo que nadie quiere ver: Janis desnuda

Y aquí, algo peor: Chunga himself, a la última moda del sostén de cocos en la cabeza. Foto real.


domingo, 14 de diciembre de 2008

Del teatro de ciencia ficción y otros conflictos

Un amigo mío que tiene la mano metida en eso de la cultura fue hasta a mí y me dijo que tenía la posibilidad de conseguirle un teatro y darle presupuesto a cualquiera capaz de convencerlo de montar una obra de teatro. Le pregunté que cuáles serían sus exigencias con aquél que deseara pedirle su apoyo para poner la obra, y me dijo que tendría que ser una idea innovadora, chingona y que no necesitara de mucho presupuesto. Entonces le dije: "¡No mames, yo puedo darte eso!" Y entonces, me dio la oportunidad de escribir y dirigir una obra de ciencia ficción, que posiblemente se ponga en el Teatro de la Juventud o algo así. Lo mejor es que tengo una idea no muy desastroza y hasta un posible elenco, formado por amigos de la carrera de Literatura Dramática y Teatro.
Espero no cagarla otra vez.
Va estar bien chingón.

miércoles, 10 de diciembre de 2008

De los amigos que no han tenido sexo y otras cosas para burlarse

Estaba yo en lo que viene siendo la chamba, cuando mi compañero, un tipo al que llamamos Papas, me dijo, sin razón alguna, lo que me pareció la pendejada más grande que he escuchado en mi vida:
—Yo creo que el sexo está sobrevalorado.
Bueno, cuando recobró la conciencia, en el hospital, le expliqué que el sexo era lo más hermoso del mundo después del internet y del plástico protector con burbujitas de aire. Entonces, con su infinita pero improvisada sabiduría a base de conjeturas, Papas me dijo:
—¡Vamos! No puede ser mejor que un videojuego o la autosatisfacción.
Esta vez me contuve, porque el muchacho aún no cicatrizaba bien y porque también estaba desayunando su pan y su leche, y la verdad jode mucho que te agarren a putazos cuando estás desayunando. Entonces le dije a mi compañero que eso sólo podría decirlo un virgen.
—Papas, ¿eres virgen?
—Sí.
—Ay, pinche Papas... El sexo es mejor que todo.
Y con un bigote de leche dibujado sobre la boca, se atrevió a preguntar:
—¿Es mejor que la leche?
Y pues, en el funeral de Papas, expliqué a todos la burrada que había dicho y todos me disculparon.

FIN

sábado, 6 de diciembre de 2008

La cosa que alguna vez fue Michael Jackson y su Thriller

No soy fan del pop. De hecho, la música pop tiene la maravillosa cualidad de irritarme mucho. Tal vez se trate de su simplicidad, del poco empeño que sus autores ponen siempre en ella, pues les parece más importante vender su producto que presentar un buen trabajo.
Curiosamente, escribo esto mientras escucho el álbum Thriller, de Michael Jackson.
Cuando era niño, a mí me encantaba el Rey del Pop. Recuerdo que una de mis fantasías no-sexuales era ir a uno de sus conciertos y wasawasear sus canciones, porque a esa edad no entendía ni madres del inglés. Fui fan de él hasta que empezó con sus delirios de grandeza y sus intentos de salvar al mundo. Ahí fue cuando valió madre.
Ah, sí; y cuando adoptó el extraño e ilegal hábito de acostarse con niños.
En fin, hubo un momento del siglo pasado en que Jackson fue lo más grande de mundo; salía a cada momento en la televisión y sus canciones se repetían sin cesar en la radio. A mi poco ortodoxo parecer, su mejor disco es Thriller. Es una belleza, punto. Todos los tracks son disfrutables, y tres de ellos hicieron historia: Thriller, Beat It y Billie Jean. El primero se volvió inolvidable gracias al video y su maravillosa coreografía; el segundo es, como dijo alguien a quien yo respeto mucho, "el encuentro más afortunado ente el rock y el pop"; y el tercero... Bueno, el tercero es una de mis canciones favoritas de todos los tiempos.
En este mismo momento mi grabadora escupe las primeras notas de Billie Jean; son suaves, elegantes y pegadoras.
Y yo simplemente no puedo evitar llevar el ritmo con el pie.