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miércoles, 10 de febrero de 2010

Primera parte del relato a cuatro manos escrito por Arturo de los Santos y Dieter Quintero


La primera parte del relato fue escrita por Dieter Quintero. Hela aquí:



ARCHIVO DE AUDIO NÚMERO 117 DEL DIARIO DEL DOCTOR ERNESTO DARÍO


8 de febrero, 2010, 12:00 a.m.


Tengo la sospecha de que me engaña.
No es una sospecha surgida hoy, sino que fue plantada dentro de mi cabeza hace un par de meses, y se ha ido gestando con el tiempo, al igual que una enfermedad silenciosa.
Pero ésta enfermedad ya comenzó a hacer ruido.
Al principio, cuando brotaron las primeras dudas, no quise darles crédito. Me pareció imposible que la mujer que ha sido mi novia por más de seis años haya decidido engañarme con otro hombre. Pero, con el paso del tiempo, ella manifestó ciertos indicadores que lograron que yo contemplara la infidelidad como toda una posibilidad… y temo mucho que se convierta en una realidad. ¿Que cuáles fueron estos indicadores? Bueno, me evade mucho, evita tomar llamadas en su celular cuando yo estoy cerca, inventa historias para justificar lo que hace en los días que no nos vemos y no permite que me acerque a su trabajo sin avisarle.
¿Necesito detallar más los fundamentos de mis dudas? Claro que no.
¿Acaso creyó que no me daría cuenta? ¿Yo? Entre todos los hombres, ¿yo? Por supuesto, habría podido engañar a cualquier otro sujeto; ya saben, uno con un coeficiente intelectual menor a ciento ochenta. Debo admitir que los esfuerzos que ha hecho para ocultarme su felonía no fueron del todo malos, al contrario; me sorprende mucho que lograran engañarme durante tanto tiempo. Sin embargo, una vez despertada mi desconfianza, no tuvo manera de ocultarme los signos que solamente yo soy capaz de percibir: el orden tan curioso en que acomoda las palabras cada vez que dice una mentira, los círculos que trazan sus ojos cuando se siente acorralada, la manera en que se truena sus dedos al inventar una excusa, entre otras. Sólo hay un detalle que me perturba, un elemento que me hace pensar que existe la remota posibilidad de que me equivoque, y que, por ende, ella no tenga ninguna relación sentimental/sexual con otro hombre, y es que no he podido detectar ningún remordimiento en sus acciones. En realidad, esa posibilidad, en vez de relajarme, me preocupa más, porque, si no hay remordimiento en ella, solamente existen dos opciones: o no ha hecho nada malo, o… no le importa hacerlo.
¿Y qué tal si no le importa hacerlo? Podría significar que dejó de amarme, o que me ha engañado por tanto tiempo que ya no se siente culpable. Podría ir más allá: la falta de remordimiento es un factor común en ciertas enfermedades de la mente. ¿Qué tal si…? ¡No! No, puedo aventurarme a hacer suposiciones; no pienso caer tan bajo. ¡Soy un científico, y necesito hechos! ¿Cómo dijeron en esa película? Ah, sí: “¡Hechos! Es lo único que importa. Sin ellos, la detección no es más que un juego de adivinanzas.”
Y yo no pienso adivinar, así que lo mejor será ir a recoger información.
Como mis investigaciones en la universidad han terminado y no tengo ningún motivo de distracción, esta noche pienso ir al bar en que trabaja Liliana para… observarla. Tal vez algunos pensarían que “espiarla” es un verbo más adecuado a la situación, pero no es así; cabe señalar que mis intenciones se acercan más a una comprobación científica que a un acto motivado por los celos. En fin, cuando llegue a su trabajo, permaneceré oculto entre las sombras, como esos personajes de las películas que tanto gustan a la gente, a pesar de sus distanciamientos con la realidad. Esperaré a que sea la hora de su salida, para saber si ha quedado de verse con alguien, lo cual es bastante probable, tomando en cuenta la forma en que evita que me acerque a ese lugar. En caso de que mis suposiciones sean correctas, y presencie la llegada de un tercer involucrado que dé muestras de compartir con ella algo más que una amistad, procederé a imaginar una manera de terminar con nuestra relación.
Eso es todo. Ése es todo el plan.
Se hace tarde; será mejor irme de una vez.


ARCHIVO DE AUDIO NÚMERO 118 DEL DIARIO DEL DOCTOR ERNESTO DARÍO


9 de febrero, 2010, 2:35 a.m.


No es muy común que yo lo diga, pero estoy confundido.
Resulta que seguí el plan al pie de la letra. Llegué al bar media hora antes de la hora de salida de los empleados, para buscar un lugar donde pudiera observar a Liliana. Encontré el punto perfecto en la esquina de una casa abandonada, desprovista del servicio de luz; como dije que lo haría, me oculté entre las sombras y me dispuse a esperar. Exactamente a la una de la madrugada, Liliana salió por la puerta trasera del establecimiento e hizo una llamada con su celular. Dos minutos después, un auto tripulado por un hombre hizo su aparición, se detuvo al final del callejón y abrió la puerta del copiloto para invitarla a subir.
Ella, por supuesto, aceptó.
Yo estaba muy lejos como para observar el rostro de Liliana o el del otro sujeto, así que no pude leer en sus rostros las emociones que experimentaban. Unos segundos después, se fueron. Debí acercarme más. Técnicamente, estoy igual que ayer: la única información que poseo es que hoy alguien pasó a recogerla cuando salió de su trabajo. Pero, hasta donde yo sé, podría tratarse de algún compañero, amigo o familiar que le hace el favor de llevarla a casa cuando los transportes públicos han dejado de funcionar. En otras palabras, me desvelé en balde, y debido a mi ineficaz esfuerzo, tendré que hacerlo de nuevo mañana para cerciorarme… y yo odio las pérdidas de tiempo.
Malditas sean las mujeres y sus secretos.
Iré a dormir; ya es bastante tarde y el sueño no me permite pensar adecuadamente.



ARCHIVO DE AUDIO NÚMERO 119 DEL DIARIO DEL DOCTOR ERNESTO DARÍO


10 de febrero, 2010, 2:45 a.m.


Me engaña.
Nunca pensé que tener la razón pudiera hacerme sentir tan mal.
Fui de nuevo al bar a la hora en que salen los empleados, y seguí exactamente el mismo procedimiento de la noche anterior, sólo que esta vez tuve la precaución de llevar unos pequeños binoculares para no perderme ningún detalle de lo que ocurriera entre mi novia y el conductor del auto azul.
El resto de la historia ocurrió casi igual que ayer: Liliana sale del bar y hace una llamada telefónica, un auto azul aparece al final del callejón, la puerta del copiloto se abre, ella sube… En definitiva, esta noche habría sido una réplica de la pasada de no ser por un pequeño detalle: el apasionado beso entre el piloto y el copiloto del vehículo azul. Ahora que lo pienso bien, tal vez ese detalle no represente una verdadera diferencia entre lo que pasó ayer y lo que pasó hoy; recordemos que anoche no contaba con unos binoculares y pude haberlo pasado por alto. Apenas sus labios se separaron, el auto arrancó y se perdió de mi vista.
Me engaña. Liliana me engaña.
Pero, ¿por qué? ¡Soy un genio, maldición! Si ella me lo hubiera pedido, yo habría ideado alguna manera para obtener recursos monetarios ilimitados, con la única intención de cumplirle todos sus deseos. ¿No se da cuenta de que, al engañarme, pierde más de lo que gana? Además, ¿qué puede tener el otro que no tenga yo? ¿Dinero? Poco probable: alguien con dinero no usaría una Caribe para pasear a su conquista. ¿Atractivo físico? No lo creo: lo vi con mis propios ojos, a través de unas lentes de aumento, y aún así no pude encontrar algún aspecto corporal en que me superara. Obviamente, la posibilidad de que sea más listo que yo queda descartada, por ridícula. Bueno, si no fue por nada de eso, ¿entonces por qué fue? Planteando la pregunta de otra manera: ¿qué obtiene de él que no puede obtener de mí? No me lo imagino; soy un novio formidable: interrumpo mis investigaciones para dedicarle una hora entera diariamente, y luego, hablo con ella por teléfono otra media hora aproximadamente, antes de dormir; le envió mensajes a su celular con bastante frecuencia; la invito a cenar o a compartir conmigo actividades recreativas al menos una vez por semana; le mando flores cada mes, justo en el día que nos hicimos novios; y, por si fuera poco, tengo la consideración de rebajarme a su nivel intelectual cada vez que intercambiamos ideas por cualquier medio. ¿Qué más puede pedir una mujer? ¡Nada! ¡Absolutamente nada! Entonces, ¿por qué Liliana me engaña con un varón inferior a mí en todos los aspectos? No lo comprendo.
Y detesto no comprender las cosas.
Debo saberlo. Aunque me tome una semana, un mes o el año entero, debo averiguar en qué me supera ese hombre… por qué ella lo ha preferido a él. Estoy seguro de que puedo hacerlo; si algo he aprendido a lo largo de mi distinguida existencia, es que, si no puedo resolver un problema, es porque hay información que permanece oculta a mis sentidos.
Me pregunto qué factor no estoy contemplando esta vez.
Lo que sea, lo averiguaré mañana; los ojos se me están cerrando a causa del sueño.


ARCHIVO DE AUDIO NÚMERO 120 DEL DIARIO DEL DOCTOR ERNESTO DARÍO


11 de febrero, 4:05 a.m.


Acabo de volver del bar y yo… Lo que pasó ahí… ¡Fue terrible! No puedo creer que… ¡Oh, Dios mío, no! ¡No, no, no, no…! ¡Liliana, no! No puedo… no puedo respirar bien. La cabeza me da vueltas, y… creo que voy a vomitar. Necesito un trago. ¡Sí! Necesito un trago y aire… aire fresco.
No puedo hablar ahora.
No puedo…
Madre, perdóname.
¡Perdóname!


ARCHIVO DE AUDIO NÚMERO 121 DEL DIARIO DEL DOCTOR ERNESTO DARÍO


11 de febrero, 7:17 a.m.

Tuve que tomar un tranquilizante.
Ya estoy mejor. Estoy mejor, pero... no puedo dormir. Creo que nunca más podré hacerlo, al menos, no con la conciencia tranquila.
Me siento tan sucio que… No. No importa.
No importa.
Grabo estas palabras para dejar constancia del atroz hecho ocurrido hace aproximadamente seis horas, afuera del bar llamado “El Pub.” Era la una de la madrugada cuando llegué al lugar que me servía como escondite para vigilar a Liliana. Por un momento, temí haber llegado demasiado tarde y que ella se había ido, pues, a veces, cuando termina sus deberes antes de la hora de salida, su jefe la deja salir temprano. Como tampoco pude encontrar rastros de la Caribe azul, mis vacilaciones se intensificaron. Desgraciadamente, aún estaba a tiempo de verla porque, a los veinte minutos, salió por la puerta del establecimiento que da al callejón e hizo su habitual llamada telefónica. La vi esperar más tiempo del acostumbrado pero, quince minutos después, un hombre moreno, fornido y de mediana estatura, apareció caminando por la calle.
Rápidamente lo identifiqué como el chofer del auto azul.
Al principio, me extrañé de verlo llegar a pie, pero no presté demasiada atención a ese detalle; lo que me importaba era que había aparecido, y que eso a ella parecía alegrarla. Cuando lo vio, se lanzó a sus brazos y le plantó en la boca un beso cargado de pasión. Aquello me molestó más de lo que creí; pude sentir cómo mi pulso se aceleró y mi cara empezó a sonrojarse… supongo que eso es a lo que los escritores llaman “bullir la sangre.” Da igual; eso fue solamente el principio de mi auto-impuesta tortura.
Cuando terminaron de besarse, entrelazaron sus manos y caminaron lentamente hacia la avenida. De repente, él se detuvo. Liliana lo miró interrogativamente, pero con una sonrisa que yo ya había visto antes. La sonrisa que pone cuando pretende erotizarse.
—¿Qué pasa? —preguntó ella. No la escuché, pero sé que dijo eso porque la tenía de frente y pude leer sus labios con ayuda de los binoculares.
Como él estaba de espaldas, no pude saber qué le contestó… aunque no fue necesario averiguarlo porque, en ese instante, la atrajo para sí y procedió a pasarle las manos por todo el cuerpo. Ella no pareció molestarse con ese acto tan… salvaje, al contrario; decidió que lo mejor sería satisfacer sus propias necesidades carnales, correspondiendo las caricias.
Nunca antes había experimentado la ira, pero en ese momento, yo…
Entonces, Liliana lo detuvo. Dijo:
—Aquí no. Nos van a ver —y lo jaló hacia la esquina contraría del bar, una vieja tienda de abarrotes que coronaba una calle obscura y solitaria.
Y luego, su arrebato pasional no hizo más que aumentar. Ella le frotó la entrepierna por encima del pantalón, mientras que él se ocupaba en buscarle algo por debajo de la falda.
Fueron cinco minutos muy dolorosos para mí. Nunca pensé que sería capaz de sentir esa clase de dolor, y sin embargo, lo sentí. Mis manos sudaban, mi respiración se aceleró casi al doble y mis dientes comenzaron a castañear… pero nada de eso se comparaba con el vació que se me formó en el estómago. ¿Qué diablos fue eso? ¿Celos, acaso? ¿Es eso lo que las personas comunes y corrientes tienen que soportar cada vez que sufren una mala experiencia? ¿Eso es lo que ocurre cuando permiten que los sentimientos emerjan? ¿Cómo pueden vivir así? ¿De dónde sacan los ímpetus para despertar cada día y salir a la calle, si saben que existe la posibilidad de padecer tantas aflicciones? ¿Acaso los he menospreciado a todos y son más fuertes de lo que pensé?
¡Un momento! Me estoy desviando del tema principal. Seguramente, mi mente repele el recuerdo debido al tremendo shock que representa para ella.
¿En qué iba? Oh, sí… Ya recuerdo.
¡Oh, Dios… qué terrible es recordar!
Estaba muy obscuro. No había nadie cerca. Ningún ruido podía escucharse.
Yo mismo tardé mucho en darme cuenta que la estaba ahorcando.
Toda mi vida he pensado que solamente hay algo peor que cometer asesinato, y eso es no impedir uno si se tiene la oportunidad de hacerlo. Yo no lo impedí. No hice nada. Me quedé ahí, de pie, con los binoculares frente a mis ojos, tiritando de regocijo. ¡De regocijo! ¡Estaban matando a alguien frente a mis ojos y yo no lo impedí porque la víctima era la mujer que me había traicionado! Eso fue completamente inhumano…
No, peor aún: eso fue completamente humano.
¿De qué sirve el intelecto si los paroxismos siempre van a estar ahí para mermarlo? ¿La idea de un mundo civilizado y en paz es solamente una quimera inventada por soñadores ingenuos? ¿No podremos negar nunca nuestra irracional naturaleza? Yo mismo creí haber superado los impedimentos emocionales a los que estamos condenados los hombres, pero, si eso era cierto… ¿cómo pude permitir que tal atrocidad te pasara?
¡Oh, Liliana, perdóname…! Tu cadáver quedó abandonado en el piso junto a la basura, y tu asesino escapó impunemente porque yo no tuve la decencia de actuar correctamente. Me habría gustado decir que el miedo fue el culpable de mi inacción, pero la verdad es que en ese momento deseaba verte muerta por haberme humillado.
Lamentablemente, algunos deseos se cumplen.
Lo siento, mi… Oh, lo siento…
(Prolongado silencio en la grabación)
Y no puedo hacer nada. Ya es muy tarde.
(Silencio)
A menos que…
Sí.
¡Eso es!
Si cualquier otro se planteara la misma posibilidad, sonaría ridículo, pero yo… yo puedo hacerlo.
Y lo haré: encontraré a tu asesino.
Considerando la diferencia de intelectos que debe haber entre él y yo, no representará un problema mayor. Lo haré pagar por lo que te ha hecho. No sé, cómo lo voy a hacer, pero lo haré. Te lo debo: si permití que mis emociones me impidieran auxiliarte en el momento en que me necesitabas, entonces pondré a mi juicio a buscar la manera de enmendar mi error.
Ay, Liliana… ¿por qué te mataron?
Perdóname…
No se hable más: es hora de trabajar.


Fin de la primera parte. La segunda parte será publicada en una semana a partir de hoy, y será escrita por Arturo de los Santos. Pregunten su voceador de confianza, amiguitos.