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viernes, 5 de diciembre de 2008

The Godfather

Hace como una semana, una amigo me pidio prestado el libro El Padrino, de Mario Puzo. Según él, es todo un conocedor del pedo del arte y la literatura, así que me escandalicé cuando admitió no haber leído ese libro tan importante y necesario para el amante de la lectura. Lo maldije, y luego, le presté el libro. Como mi cuate ni siquiera había visto la película, el libro le pareció doblemente sorprendente, y cómo no: la obra de Puzo es tan grande y está tan bien hecha que no pudieron cagarla ni cuando la adaptaron al cine. Todos aquellos que han visto la película de Francis Ford Coppola y quedado enamorados de la fuerza de las imágenes y las situaciones, en verdad deberían agradecerle al escritor, y no al director. La verdad es que el largometraje está tal y como dice el libro, y es por eso que alcanzó tal relevancia. Si el libro dice: "Don Corleone se sentó en su escritorio, meditabundo, y rascó su barbilla," Marlon Brando se sienta en el escritorio, pone cara de estar meditando y se rasca la barbilla. Si los fans de la película se tomaran algunos momentos para leer la novela, quedarían encantados al saber lo que hay en los huecos que dejó Coppola. Por ejemplo, ¿qué diablos estába pensando Michael Corleone antes de dispararle a McCluskey y a Sollozzo en el restaurante? ¿Cómo es que el Padrino, Don Corleone, llegó a ser un hombre tan importante en Nueva York? ¿Quién era el consigliere de la Familia antes que el buen Tom Hagen?
Todo eso viene en el libro.
Hay un gran momento en el libro, uno que me hace llorar como niña cada vez que lo leo. Se supone que Don Corleone va con su familia al hospital, a visitar al moribundo Genco Abbandando, quien era en ese entonces el consigliere de la Familia. Abbandando está sufriendo a causa del cáncer terminal que por meses lo ha tumbado en cama; está a punto de morir, y pide al doctor que deje pasar al Don a la habitación. Cuando el consejero ve al Padrino, le pide algo imposible, alentado por el delirio provocado por el dolor y la fiebre. Le dice:
"Padrino, Padrino, sálvame de la muerte, te lo ruego. La carne me está quemando, y siento que los gusanos me están comiendo el cerebro. Cúrame, Padrino, sé que tienes el poder para hacerlo; seca las lágrimas de mi esposa. De niños, en Corleone, jugábamos juntos, y ahora, ¿vas a dejarme morir? ¿No te das cuenta que temo ir al infierno por todos los pecados que he cometido?"
En la madre. Eso es hermoso. Cuando el Don lo convence de que no puede hacer eso, Genco agrega:
"Padrino, quédate junto a mí y ayúdame a encontrarme con la Muerte. Quizá, si te ve a mi lado, se asustará y me dejará en paz. O tal vez puedas convencerla, moviendo algunos hilos, ¿eh?"
Veeeeeeeeeeergaaaaaaaaaa... Eso ocurre en el principio del libro, cuando ni siquiera ha arrancado la historia; solamente es una bellísima manera de mostrarte el poder del Padrino, el gran Don Corleone. El autor te dice que la gente alrededor de él lo cree capaz, incluso, de ahuyentar a la Muerte con su presencia.
Y eso, no tiene precio.
Recomiendo leer El Padrino. Lo recomiendo bien cabrón. Se dice que toda la sabiduría que un hombre de verdad necesita, se encuentra en ese libro.
Yo creo que es cierto.